El síndrome de la impostora

Todos los comienzos vienen con algo de miedo y respeto por quienes nos han precedido. Cuando una entra en el mundo del feminismo y se pone las gafas moradas, muchas de nosotras hacemos crecer un respeto muy potente en nuestro interior hacia las mujeres referentes del pasado y del presente. Quizá sea por ello que a muchas mujeres se nos hace tan difícil escribir sobre nosotras mismas y sobre el feminismo, porque no vemos que nosotras también podamos tener ese lugar entre quienes son las grandes pensadoras e ideólogas de estas teorías. Estas cosquillas moradas son, en mi caso, un humilde intento de acercar el pensamiento de unas grandes como Olympe de Gouges, Sojourner Truth, Angela Davis y otras muchas.

Sin embargo, este sentimiento, también conocido como el síndrome del impostor (o más concretamente, el síndrome de la impostora), es más fuerte entre las mujeres a punto de llegar a puestos de poder. A medida en que ascendemos en la escala establecida por nuestra sociedad, las mujeres desaparecemos progresivamente, y aquéllas que llegan, se sienten extranjeras, ajenas a esos círculos y claramente, con menos poder que sus compañeros varones. En esta escalera es prácticamente imposible superar el techo de cristal para la mayoría de nosotras, y el camino de ascenso es muy complicado. Sentimos nuestros logros como ajenos, como si no fueran fruto de nuestro esfuerzo, sino de la suerte o del azar. Este síndrome de la impostora reduce muchas carreras, y muestra hasta qué punto puede llegar la fuerza del patriarcado, incluso hasta nuestras mentes.

Aun así, el hecho de que las mujeres empiecen a acceder a estos ámbitos elitistas y machistas y que escriban sobre sus experiencias tiene la capacidad de cambiar el pensamiento de la sociedad. Hace 20 o 30 años, la diplomacia era un mundo de hombres; sin embargo, hoy en día, en las universidades las mujeres somos mayoría en estudios de diplomacia. Lo mismo sucede en los ámbitos de la ciencia o la tecnología. El cambio comienza desde las jóvenes, y con nuestro esfuerzo, poco a poco, dejaremos de sentirnos impostoras en los ámbitos en los que nos encontramos.

Entre las mujeres poderosas que se sienten impostoras encontramos a Michelle Obama. En este artículo expresa cómo considera todos sus logros laborales como extraños.