LA HUELLA DEL DOLOR

Andreu Soler, monje dedicado a la agrupación scout de Montserrat durante 40 años, fue “un depredador sexual y un pederasta”, según la comisión independiente creada por el abad de Montserrat para investigar los abusos. Dicha comisión indica que “había rumorología suficiente” sobre su conducta para que se hubiese actuado contra él. Es imposible medir el daño causado a las víctimas, es inexplicable referir por qué la institución del monasterio no actuó, es actual plantear por qué equipos educativos y familias no han intervenido en su momento para que no haya pasado tanto tiempo hasta que los hechos han salido a la luz pública. Y es precisamente esto último lo que significa una llamada de atención especial en nuestras asociaciones de escultismo. ¿Qué protocolos de actuación se están siguiendo hoy en día en los grupos, en los equipos educativos y en las familias para que no se vuelva a dar un sólo caso o para que, si desgraciadamente se da, se actúe inmediatamente?  Y no se trata de la monserga de que estos hechos dañan a la Iglesia y al escultismo, porque la imagen, más o menos deteriorada, de las instituciones, no acumula dolor emocional en el alma. Sólo las víctimas saben lo que duele, y cómo se mantiene a lo largo de su vida la huella de ese dolor.

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