SOBRE LOS ABUSOS A MENORES EN LA IGLESIA

Este fin de semana, la diócesis de Bizkaia ha hecho público un comunicado, en relación a los abusos a menores en la Iglesia, en el que se indica que el hecho de que sea un problema extendido no nos exime de nuestras obligaciones; se reconoce que la víctima de todo no es la Iglesia, ni los curas y las parroquias, que las víctimas son los niños, que se ha respondido demasiado tarde y que se ha ocultado, encubierto y mirado hacia otro lado. El día en que se leía el texto en las iglesias, Joseba Segura participaba en una eucaristía normal en el barrio de Otxarkoaga, donde ha ejercido su ministerio los años anteriores a ser obispo. Su homilía ha versado sobre el perdón y, entre otras observaciones a tener en cuenta, ha girado en torno a un relato en el que… hace unos años, una maestra entró en el aula con un gran saco de patatas y unas bolsas transparentes. Pidió a los chicos y chicas que cogieran una patata, o las que fuesen necesarias, y pusieran el nombre de las personas a las que se les guardaba resentimiento, y las introdujeran en las bolsas. Pidió, también, que durante un tiempo se fueran llevando esas bolsas con patatas, a todos lados, en la mochila y que las podían sacar si terminaba el resentimiento. Resulta que algunas de ellas eran verdaderamente pesadas. Y además, a medida que pasaba el tiempo  y no se habían sacado de la mochila porque seguía el resentimiento, algunas patatas se iban pudriendo y deteriorando cuando más tiempo pasaba. Así se escenificaba el peso que todavía esas personas cargaban, no sólo en la mochila, sino en el corazón. No sólo se desatendían así otras cosas importantes de la vida sino que la situación se complicaba con el tiempo. Perdonar y recibir perdón nos quitan muchas cargas en la vida, pero también pedir perdón a tiempo consigue que muchos pesos antiguos no se pudran. No sé si he sabido reproducir en condiciones el sentido de lo que he escuchado este fin de semana, pero quien tenga oidos para oír que oiga.

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