“No me llegaba ni para pagar la luz, me quedaba sin dinero”

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Hace casi 10 años Edurne se vio inmersa en un infierno, por el que día a día pasan miles de hombres. Pero también mujeres que, desgraciadamente, pocas veces llegan a pedir ayuda

La asociación Aralar es un lugar curioso, sorprendente, incluso. Un piso en el barrio de Ansoáin, en Pamplona, con pocos metros cuadrados. Por ese espacio, casi diminuto, más de cien personas reciben ayuda por sus problemas con el juego. El juego, sí, esa actividad endemoniada de la que Aralar, como un progenitor atento, se hace cargo de remediar.

Y allí, más madre que nadie, de hecho, es abuela, está Edurne. Una mujer canosa, de rostro arrugado y tierno, muy acorde a sus más de 70 años y en el que se reflejan perfectamente las vivencias de cualquier otra mujer como ella. De Navarra de toda la vida, alegre y pendiente, cómo no, de la vida de su nieta.

“Yo llevo aquí en la asociación nueve años, para diez ahora, porque yo soy afectada”, explica Edurne nada más comenzar esta entrevista. Casi una hora de conversación en la que muestra todo el bien que ha hecho en estos años y desnuda un pasado en el que sus problemas con el juego le llevaron por un sendero de espinas, un infierno sobre el que ahora hablan muy pocas mujeres.

En Aralar, y en general en toda Navarra, pocos saben más que ella: desde su primer año ledijeron si quería quedarse a colaborar y ahora es una figura esencial allí, sobre todo, al recibir gente en busca de ayuda: “Hacemos unos cursillos de monitores para poder hacer acogidas. Yo voy a hacer luego dos, si no, no hay gente. Hay dos psicólogas, está Sergio (el encargado de la asociación)… y no nos da la vida”.

Han pasado ya nueve años desde que entró y ella lo recuerda como si fuera ayer: “Yo vine aquí con un problema de ludopatía que no sé muy bien por qué me pasó. Me ocurrió con 60 años casi, a mí no me gustaba mucho ni jugar ni coger lotería, estuve cuidando a mi madre mucho tiempo y creo que a raíz de que muriera me dio por entrar a una sala y… y hasta entonces pues seguí”.

Ahí empezó aquella odisea en la que mes a mes gasta su jornal –porque sí, Edurne sigue usando la palabra jornal – y “no tenía ni para vivir”, llegando a robarle dinero a su hermana. Fue el problema de un año que, según ella, “ocurrió de repente, porque ni era jugadora ni lo había sido nunca, pero durante ese tiempo no me llegaba ni para pagar la luz, ni el agua ni nada, me quedaba sin dinero para el día 5 o 7”, confiesa.

Como todo el mundo comenzó a jugar poco a poco, “con pequeñas cantidades en las máquinas tragaperras”, pero al año acabó cogiéndole dinero a su hermana hasta que ella acabó por darse cuenta. “Me acabo comentando que me pasaba algo, nos pusimos a hablar un poco y les conté todo lo que me pasaba a mis hijas y a ella. Buscaron la asociación y en cuanto me dijeron de venir lo hice al son de ya”.

“Aquí seguí unas pautas que te ponen y lo llevo de maravilla. Claro que al principio se te hace raro”, explica Edurne quien, ahora, casi una década después, dice que está “estupendamente” y siempre agradece “el 50% a la asociación y el otro 50 a la familia” por haberle comprendido desde el principio. Es consciente de haber tenido un problema y nunca saber si puede volver, “porque hay mucha gente que recae”.

Ella tuvo suerte y no recayó, y durante estos años ha sido testigo de todo tipo de casos. Pero sobre todo, ha vivido de primera mano el cambio en esta cultura del juego que ella considera tan peligrosa. Cuando llegó la mayoría de casos los protagonizaban personas adultas, pero ahora la mayoría son jóvenes, casi todo hombres. Algo que le causa gran preocupación. “Hace casi diez años había mucha mujer, ahora hay pocas y estamos preguntándonos por qué; lo que pasa es que no suelen decirlo”, explica.

En su opinión, esto se debe a que el modelo de apuestas ha cambiado mucho en estos años. Antes el problema eran los bingos y la mayoría de afectados eran hombres y mujeres que superaban los cuarenta, “pero ahora hay mucha juventud. Personas de 18 a 30 a montones cuyo problema está en las apuestas online”. Cuando ella empezó todo era diferente, “la experiencia en el juego” –como lo llama ella– no tenía nada que ver, sin embargo “da igual si se trata de bingos, tragaperras o apuestas online porque la enfermedad es la misma”. Y la cuestión más preocupante es que ahora es mucho más complicado limitar la apuesta online.

Estigma por partida doble

Hace casi diez años Edurne se vio ante aquel infierno de juego, pero tuvo la suerte de que sus hijas y su hermana reaccionaran a tiempo. Sin embargo su único problema no estaba en el juego. Por desgracia Edurne tenía que superar una barrera casi mayor. Una barrera que nada tenía que ver con la ludopatía sino con el simple hecho de ser mujer.

“¿Sabes qué pasa? Yo conté mi historia como me la imaginaba porque tampoco sé mucho cómo caí en ese problema. ¿Por ser mujer puede dar más vergüenza? Bueno, igual sí, pero entonces era por otro tipo de apuestas”, mantiene. El tema ahora está en descubrir la razón por la que el perfil de jugador ha cambiado tanto. Y se dice jugador, porque “por desgracia las chicas jóvenes raramente confiesan”, cuando realmente ellas también sufren ante esta lacra. 

Quizás porque históricamente se ha atribuido a la mujer la condición de madre buena, ama de casa o encargada de cuidar a los hijos. Una clasificación por la que muchas mujeres se lo pensaban varias veces antes de solicitar ayuda: “Antes decían que era un vicio, que no era una enfermedad, que estaban viciosas de jugar. Si eras mujer te lo achacaban. si había un ludópata no lo decían, si había una ludópata lo comentaban de manera diferente”, confiesa.

Desde Aralar parece que la cosa ha cambiado, que por suerte hubo un tiempo en el que la hecho de ser mujer no era una razón por la que no buscar ayuda. Que todas las personas se merecían las mismas oportunidades para tratarse. “A veces viene alguna, pero no tenemos chicas jóvenes, la más joven tendrá treinta y algo, y apenas están diez”, afirma. Un número sorprendentemente pequeño, sobre todo cuando se compara con casi los cien hombres que reciben ayuda en esta asociación.

La razones no están claras, explica Edurne, pero lo que sí está es segura. Por ello confía en el estudio que están realizando para conseguir algún tipo de explicación. “Lo estamos estudiando”, afirma, “a ver si entre las charlas y las mesas informativas se dan cuenta de que a ellas también les concierne. Pero claro, no sé hasta qué punto podemos alcanzarlas”.

Ahí está lo esencial, en alcanzarlas y que sepan que ellas también importan. Puede que al haber cambiado el modo de apostar y la edad de los afectados también lo haya hecho su perfil genérico. Pero según alguien con la experiencia de Edurne, el porcentaje de mujeres que juegan y necesitan de su ayuda es mucho mayor. Quizá no lo reflejen por vergüenza, por miedo o por un estigma social. Y eso es lo que Edurne, como antigua afectada y ayudante “vital” en Aralar, está dispuesta a descubrir y solucionar. Con paciencia sí, porque también hay golpes y momentos malos, pero con las ganas y fuerzas de una mujer realmente agradecida.

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