Fake-news y la amenaza de la desinformación

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El desarrollo tecnológico y la falta de alfabetización mediática a nivel social provocan que el flujo de noticias falsas haya aumentado de forma preocupante.

Hace relativamente poco, viendo un capítulo de Black Sails, me encontré con una situación bastante interesante. En esta serie ambientada en el siglo XVIII, uno de los protagonistas, Jack Rackham, inicia una conversación con una joven que nunca había conocido a un pirata. Ante una escena tan excepcional, le pregunta por alguien en concreto. En los periódicos había leído sobre un pirata cruel y sanguinario que, por casualidad, es un gran amigo de Rackham. 

Ante los insultos, el personaje le recrimina a la joven por todo aquello que está diciendo. Le dice que no debería creerse todo lo que lee en los periódicos. La joven, entre dientes, responde: “La realidad no es tan interesante”.  Igual que ocurre en la ficción, en el mundo real nos topamos con escenas similares. Los medios y las redes sociales nos acribillan con mensajes que, sin ningún tipo de miramientos, tomamos como ciertos.

A raíz de las elecciones presidenciales del año 2016 en EEUU, se ha popularizado el término fake-news para referirse a esta problemática. Donald Trump utilizó de manera insistente esa etiqueta y parece que es un fenómeno nuevo. Pero, en realidad, es mucho más antiguo. 

El profesor de Documentación Periodística y Ciberperiodismo de la Universidad de Navarra, Ramón Salaverría, se refiere a las fake-news como desinformación. Hay que tener presente que una cosa es una falsedad intencionada y otra cosa es un error. El problema surge cuando esta desinformación tiene la voluntad deliberada de engañar. Antiguamente se mentía para confundir al enemigo o ponerlo en contra de determinado grupo o persona. Ya en el siglo XX el ministerio de propaganda nazi ejercía presión para enemistar a la opinión pública contra el pueblo judío. 

No obstante, en los últimos 20 años, el desarrollo tecnológico, la aparición de internet y otras muchas plataformas han incrementado el poder de los medios y, con ellos, la amenaza de la desinformación. “En ese tipo de plataformas, el alcance de las informaciones es global y la rapidez con la que se difunden es instantánea”, destaca Salaverría. Con estos requisitos, si alguien deliberadamente difunde una falsedad, resulta mucho más difícil ponerle diques porque su divulgación es inmediata. 

Sin embargo, ni todas las Fake-news son iguales, ni tienen los mismo efectos. Hablemos primero de aquellas basadas en la caricatura, en la broma. Aquellas en las que se exageran los rasgos de un determinado personaje. Hay medios, como El Mundo Today o El Jueves que se dedican a eso específicamente. Tienen un peligro: hay personas que llegan a creerse estas parodias y las difunden como si fueran ciertas. No las entienden en su correcto contexto y, por ello, es importante una buena capacidad de comprensión y cierto conocimiento de la realidad.

Por otro lado, al margen de las caricaturas y las parodias, existe aquel tipo de desinformación realmente nociva. Hay temas que pueden presentarse a modo de noticias verdaderas, cuando en realidad su único objetivo es el de engañar. Este tipo de mensajes suelen presentar datos falsos, incluso utilizan escenas o imágenes sacadas de contexto para presentarlas en un cuadro totalmente diferente. Siguiendo con esto, el prestigioso académico y periodista sostiene: “La desinformación tiene la voluntad de orientar la opinión pública hacia un determinado tipo de posicionamiento”. Aquí juegan un papel esencial los gobiernos y partidos políticos, Es algo que les preocupa pero de lo que muchas veces son responsables. 

Por todo esto vivimos tiempos difíciles a nivel informativo. Las falsedades deliberadas no son nuevas pero se han reforzado en su potencia difusora. Ahora los usuarios nos convertimos, inconscientemente, en cooperadores necesarios en la difusión de todo tipo de mensajes desinformativos. Ya sea por falta de miramientos, de escrúpulos, o simplemente, de conciencia social. 

Salaverría plantea algunos cauces con los que combatir el fenómeno de las fake-news. “Podríamos acudir al ámbito legal, promulgar leyes que, con un afán disuasorio penalizaran la publicación y difusión de contenidos desinformativos”. Sin embargo, este tipo de medidas fácilmente pueden caer en la censura previa, algo intolerable en cualquier sociedad democrática. Otra opción, sería “identificar los mensajes de desinformación de manera automática”. Enfrentar los problemas generados por la tecnología con más tecnología. “Pero la realidad nos dice que esta dinámica favorece la diseminación de aquello que es más popular. Las redes sociales posicionan en los lugares más destacados aquello que genera más interés”. Así contribuyen indeseadamente a la diseminación de fake-news. Por lo que esta opción ahora mismo es insuficiente. 

Luego tendríamos la vía periodística, aquella por la que los propios profesionales de la información se dedicaran a destapar los bulos y denunciar los intentos de desinformación por parte de gobiernos, partidos políticos, lobbys, o incluso usuarios aislados. La buena fe es encomiable, pero hay que ser conscientes de que el fenómeno es mucho más grande que su potencia de respuesta. Ya existen iniciativas de verificación, como Maldito Bulo o Maldita Hemeroteca que pese a su trabajo ejemplar son insuficientes. 

Aquí es donde entra lo verdaderamente importante, aquello que a medio o largo plazo podría dar auténticos resultados. La educación. Educar a las nuevas generaciones y a la propia ciudadanía de cualquier edad en una serie de técnicas, estrategias o procedimientos para detectar y no difundir contenidos falsos. ¿Qué ocurre? En estos momentos, los programas educativos en España y muchos otros países occidentales, carecen de referencias para identificar y parar la desinformación. De hecho, son los jóvenes quienes más contribuyen a su difusión. Podrían desarrollarse herramientas que permitan identificar y aislar estos mensajes, crear alertas contra medios normalmente desinformativos. Aun así, lo realmente necesario es educar a la gente, desarrollar una alfabetización mediática que, como individuos y como sociedad, nos permita desarrollar cierto olfato ante lo sospechoso. 

Esto empieza explicándoles a los jóvenes que una notica debe ir respaldad por las denominadas 5W del periodismo clásico: qué, quién, cuándo, dónde y por qué de una noticia, a la que podríamos sumar el cómo. Hay que diferenciar entre fuentes acreditadas y fuentes que no los son. Entender que en la información hay que confirmarla por al menos tres fuentes diferentes y que cuando una información te llega de una sola fuente, puede estar atendiendo a los intereses específicos de esta.

Una cosa es lo que te cuentan y otra cosa es lo que dejan de decir a través del suministro sesgado o limitado de la información. Porque cuando te llega únicamente una fracción de lo que ha ocurrido, tu interpretación sobre el conjunto puede ser una, pero cuando te dan toda la información, quizá tu interpretación sea distinta. Esta alfabetización mediática, comienza con saber leer los medios, saber interpretarlos en lo visual y en lo gráfico. Saber cuándo una imagen ha podido ser manipulada o sacada de contexto. 

Nos enfrentamos a un futuro adverso. La realidad es que las fake-news navegan por las redes sociales y diversos medios de comunicación generando un constante flujo desinformativo. Para muchos parece imparable, los poderes políticos y los medios de comunicación han entrado en una espiral de divulgación de contenidos constante, ininterrumpida y sin los adecuados filtros de calidad. Importa más el tráfico que la veracidad de la información. Ahora es momento de cambiar el rumbo, de estar alerta ante aquello que leemos y de contrastarlo todo, no solo aquello que nos genere duda. 

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