Eskultismo en el paladar

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Me meto a la cama tras un fin de semana largo, y mi cabeza da vueltas alrededor de un montón de pensamientos que intentan describir las sensaciones que me ha dejado. El cuerpo me pide ponerme a escribir para ordenar mis ideas, a pesar de que llevo casi dos años sin hacerlo por placer. Otra señal inequívoca de que algo se ha removido.

Hoy ha sido día de gurasoak del campamento, o de lo que esto haya sido, habiendo sido sin pernocta, en el mismo pueblo, sin grandes estructuras y cenando en casa. Y a pesar de todo, el regusto en el paladar es de campamento.

Al final de la Eucaristía, se ha celebrado la tradicional imposición de pañoletas y otros símbolos, que salvo por la presencia de las mascarillas, no se hubiera diferenciado en ambiente a otros campamentos.

Debo hacer una confesión por la que posiblemente me maten. Las trebeak habían preparado una especie de bingo con frases hechas y tópicos que se repiten año tras año con distintos protagonistas, en la expresión pública de los compromisos de este momento tan tradicional de nuestros campamentos. Han reconocido humildemente que se basaban también en sus propios compromisos pasados, así que había también un componente de reírse de uno mismo. El juego interno no era para nada descabellado. Es una pena no haber comentado con ellos la jugada al terminar la celebración, porque mi sensación es que quienes se han comprometido hoy públicamente con el eskultismo se han pasado la retahíla de tópicos por el arco del triunfo, si me perdonáis la expresión. No porque hayan sido grandes innovadores, sino por la naturalidad y la carga de profundidad de sus intervenciones. Sí, han hablado como es habitual de cuidar la naturaleza, pero no es tan común hacerlo desde el compromiso personal por un consumo consciente. Han hablado de ayudar a los demás, vale, pero desde el sacrificio, el servicio y la generosidad. Pero es que han hablado del otro sin olvidarse de sí mismas, porque han hablado de autoestima, de aprender a quererse, de autoconocimiento y de interioridad.  Han hablado de Dios prácticamente todas, de una forma muy natural, muy aterrizada, nada forzada, hablando de buscarle, de escucharse para escucharle, de dejarse acompañar, de dejarse inspirar, de abrirse, de encontrarse. Cuando esto viene impuesto por los monitores, el acartonamiento se nota a la legua, y en sus intervenciones todo fluía con naturalidad. Ha habido diversidad, desde quien hacía presente el feminismo en su compromiso a quien se acordaba de quien ya no estaba en su vida con generosidad. Había muchos más matices, mucha riqueza y vida en cada intervención. No sé si este último año y medio les ha hecho madurar, pero os aseguro que había mucha madurez, e insisto, profundidad, hondura. Llevo los suficientes años en esto como para saber que no es fácil ver a preadolescentes y adolescentes expresándose así. Sigo admirado por su claridad.

La palabra más repetida quizás sí es un poco tópica, aquello del grupo como familia. Pero es que entonces llega el turno de algunos gurasoak que llevan años dando el callo en el grupo, y que, tras hacer una reflexión guiada, y tras ponerla en común, también asumen su compromiso público con el eskultismo. Y se da un reconocimiento de que el grupo no solo ha sido agente transformador de sus hijos, sino también de ellos mismos y de sus familias. Personas adultas con lágrimas en los ojos reconociendo el valor transformador del eskultismo, con un profundo respeto hacia el equipo de monitores, delante de otros padres y madres y de sus propios hijos e hijas. Y pienso que el eskultismo bien hecho tiene mucho más que ver con la familia de lo que a menudo somos capaces de reconocer. No es que el grupo sea una familia, que también, es que la incidencia de su labor es familiar. Puede serlo si se hace bien. Qué subidón cuando se experimenta así.

A pesar del spoiler de las fotos, el plot twist, o en castellano de toda la vida, el giro de guion, consiste en que no estoy hablando de mi grupo de siempre, sino de Kilimusi, a quienes acompaño desde el año pasado desde mis responsabilidades pastorales. Valoro lo que hoy ha pasado lejos del rancio patriotismo de siglas y colores en el que a veces caemos a raíz de reforzar tanto la identidad del grupo propio. El regusto en el paladar a orgullo eskaut hoy no me lo quita nadie, y eso es lo que me ha movido a escribir tanto tiempo después: poder publicar esto y que cualquiera de Kilimusi que lo ha vivido, y tenga ese mismo regusto, pueda leerlo y sentirse identificado. Se merecen que alguien les diga después de casi dos años de mierda, remando a contracorriente en circunstancias complejas, que en un campamento atípico lograron una vez más generar el clima idóneo para que en el ambiente se respirara eskultismo del bueno. Hoy hemos mirado al futuro con mucha ilusión, y debo deciros que ya se echaba de menos.

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