RENACER DE LAS CENIZAS

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Si arde Notre Dame arde París. Es una sensación extraña observar cómo continúa un fuego que desde el siglo XII ha sufrido avatares, pero ninguno de una magnitud tal. La laica Francia llora por Notre Dame, un patrimonio común, aunque también es un símbolo de fe cristiana y un eslabón de ese tipo de cultura que en el límite también habla de Dios. También se dice que las grandes catedrales son los símbolos de poder de una burguesía que quería demostrar a los señores feudales del campo que tenían tanto o más poder que ellos, con sus tierras y sus castillos. Y no faltará quien llora porque teme que el turismo decaiga, aunque nuestras mentes son tan complejas que quizá aumente el turismo a París para ver cómo ha quedado Notre Dame, tras ser pasto de las llamas. Somos polvo, somos ceniza, aunque apenas unas horas antes no nos lo creíamos. Tenemos grandes inventos, pero cuando el fuego nos rodea no sabemos qué hacer, a pesar de los robots y los drones que se han utilizado para atacar con más eficacia este incendio. Es una tragedia para la cultura, e impresiona cómo se reúne la gente en silencio, con rezos, y con lágrimas, porque también habla el corazón allí donde la razón no tiene palabras.