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Que diecinueve personas, diecisiete niños y niñas de corta edad, mueran acribilladas por un joven de dieciocho años que ha utilizado para la masacre unas armas adquiridas fácilmente, es un reflejo de un otro espejo roto de la realidad norteamericana… y de muchos otros lugares.

Si añadimos, además, que el chico había sufrido bulling en el colegio donde cometió los asesinatos, recogemos del suelo, junto a la sangre derramada, un cristal más de toda esta atrocidad.

El bulling en la escuela es un ejercicio de intimidación y de violencia que va dejando semillas de un exceso de dolor que a veces se convierte en odio. Pero la sociedad autoriza la dialéctica del más fuerte y ni siquiera considera que el estado tiene el monopolio de la violencia.

Estados que también se exceden en ocasiones en su ejercicio de la violencia con abusos policiales o declaraciones de guerra, sin olvidar las ingentes ganancias económicas de las industrias de armamento.

Y la pregunta es si en este contexto es posible educar para la paz. Parece que la respuesta es: Hoy y mañana, a tiempo y a destiempo, con ocasión y sin ella.

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