Enfrentarse al virus: el testimonio de una enfermera

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La enfermera del equipo de coronavirus del barrio de Zabalgana (Vitoria-Gasteiz), Gabriela Lafuente, contaba a Goitibera el pasado abril cómo era enfrentarse a la Covid-19 en primera línea de fuego.

Los contagios empezaban a crecer y los planes a cambiar. Un día, desde Atención Primaria derivaron a varias enfermeras a tres centros de salud que iban a ser específicos para tratar el coronavirus en Vitoria-Gasteiz. Empezábamos un viernes y yo tuve la suerte de poder ir el jueves con el equipo de hospitalización a domicilio para aprender a ponerme los EPIs y a realizar tests. Aprendí mucho ya que en un vídeo puedes coger una idea, pero hasta que no te enfrentas a la realidad no sabes lo que es.

Me acuerdo que esa noche de jueves a viernes apenas dormí. Tenía miedo, no sabía cómo me iba a enfrentar a la situación… Me leí mil veces el protocolo. El primer día el equipo estaba formado por cuatro médicos y cuatro enfermeras. Nos proporcionaron EPIs y mascarillas, pero el material escaseaba. De hecho, tuvimos que reutilizar la mascarilla. Nuestra labor en un principio era realizar llamadas telefónicas; recuerdo que tuvimos alrededor de cien y si nuestra hora de salir eran las 15h nos fuimos a las 17h.

La gente estaba muy nerviosa, asustada… Les realizábamos una encuesta en la cual los síntomas principales eran dolor de garganta, fiebre y dificultad respiratoria; más tarde hemos sabido la cantidad de síntomas más que hay aparte de estos tres. También atendíamos presencialmente, realizando una valoración inicial y, si lo veíamos oportuno, derivábamos al médico. Además, acudíamos a domicilios para valorar a aquellas personas que estaban malitas y por ciertas circunstancias no podían acudir al centro. Íbamos un médico y una enferma y hemos tenido la suerte de contar con la Ertzaintza que nos llevaba a los domicilios. Nos esperaban y nos ayudaban en lo que necesitábamos.

En un principio no realizábamos tests, ya que no teníamos ni material ni permiso. Recuerdo que a finales de la siguiente semana comenzamos a realizar tests solo a las 10 primeras personas que acudían con síntomas al centro de salud y eran vistos por los médicos del equipo. Realizábamos lo que se llama ‘vigía’. Y como he contado antes era una situación nueva, desconocida, nosotras también teníamos dudas y sentíamos miedo de realizar algún fallo.

Con el paso de la semanas empezamos a controlar más la situación. Con la cantidad de pacientes que veíamos el equipo aumentó, nos dieron más materiales y el permiso para
realizar más tests. Creo que desde un principio tendríamos que haber podido realizar tests a todo el mundo ya que catalogamos muchos ‘sospecha de coronavirus’ sin tener la seguridad de que lo fuesen.

La gente tampoco ayuda a veces. Me resultó complicado lidiar con quienes exigían que se se les realizasen tests, sin nosotras poder. Era complicado explicarles, escuchando, entendiéndoles… Y cosas peores. Una vez llamé a una paciente que tenía síntomas y su marido era positivo. No contestó, y al tener un segundo contacto telefónico (el marido) llamé de nuevo. Resultó que el marido se encontraba en la calle. Ahí descubrí la irresponsabilidad de mucha gente… Por casos como este ha podido ocurrir que más de una persona haya sido contagiada.

Uno de mis mayores retos, al final, ha sido no contagiarme. Aunque te cubras entera y te laves mil veces las manos siempre hay dudas de si lo has hecho bien o si en algún paso has fallado, pero de momento, y cruzo dedos, puedo decir que he sido más fuerte que el bicho. Siempre con mucho cuidado y con responsabilidad.

Hoy en día la situación ha mejorado. El número de pacientes que vemos es menor y de los test realizados muy pocos dan positivo. Así que las noticias son buenas. Ha sido una experiencia nueva. He aprendido mucho y me siento muy orgullosa del equipo que hemos formado y de cómo hemos llevado la situación.

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